Confesiones de un Conejovlanco

Nicolás terminó el colegio por los días en que el matoneo se llamaba montadera. Sus primeros años de bachillerato en un colegio masculino y de curas no fueron fáciles. Quizás era por sus opiniones, sus comportamientos o su apertura sexual, pero cuando le hizo frente a todo eso; Nicolás se llenó de un puñado de buenos amigos a los que el mundo se les volvió un poco más grande que hablar de cómo conquistar a una chica.

Después compró su carro color rojo fufurufa, estudió arquitectura, se graduó, se enamoró y, producto de ese amor, ahora Nicolás se hace llamar ConejoVlanco. Es un guiño al compañero de Alicia cuando ella visitó el País de las maravillas. Conejo Blanco se le ha vuelto una marca personal, un mote de identidad y una manera de representar su lugar en el mundo. Pero se escribe con “v”, porque él reconoce sus problemas para identificar el uso de estas letras, y también porque así puede jugar tipográficamente con la “v” y las orejas del conejo.

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Por: Nicolás Ojeda Amador.

 

Aunque no lo sepa, a Nicolás también lo determina haber nacido con el signo Escorpión: personas emocionales guiadas por las pasiones y con el sexo alborotado que se les sale por todas partes. Quizás por eso, en su viaje a Canadá cuando tenía diecinueve años, conoció a un par de personas en un parque público, se dijeron hola (en inglés) y la oscuridad de la noche se encargó de hacer lo que hace un escorpión. Y, como todos los seres humanos de la tierra (incluidos los escorpión), Nicolás no es perfecto: le gusta, le encanta Katy Perry. Su canción favorita es Firework, una melodía llena de autosuperación y esperanza pop. Lo entiendo; ¿cómo resistirse a la tentación liberadora del pop?

En su rol de arquitecto le interesa la ciudad, el paisajismo, la relación que se teje entre la belleza de lo que se contempla y la solidez formal necesaria para que eso se sostenga. Para él la arquitectura es una mezcla simbiótica entre el arte y la ciencia, y pensar esta relación desde el paisajismo le permite llenar su profesión de referencias estéticas. También le gusta la academia, sueña con ser profesor universitario, pero sabe que es un camino difícil, lleno de retos personales e intelectuales que requerirán de su nivel máximo de concentración. Él quiere ser un ñoño.

Respecto a la apariencia, Nicolás parte de amar su contextura física. Él es un hombre alto y flaco, orgulloso de sus huesos: “el hueso le da sabor al caldo”, me dice. Le gusta que sus piernas sean delgadas y alargadas y poderlas enfundar en pantalones ajustados, le gusta la manera en la que le quedan las camisetas y el aire de descuido (planeado) que su languidez le puede proporcionar. También le gusta jugar con su pelo largo y peinarlo para todos los lados, pues el pelo para él es un accesorio más, como las bufandas que usa o el numeroso repertorio de sus gafas.

Por eso Nicolás prefiere la ropa cómoda y práctica complementada con accesorios. En las fotografías para este perfil, él llevó un sombrero bombín negro que se arremolinaba con su cabello largo, también negro, y me doy cuenta que ese y otros tonos oscuros (vinotinto, azul, gris) son sus colores fundamentales. También se vale de la apariencia casual, muy acorde con su edad y con su momento universitario y de recién graduado. Allí está presente el denim y los colores claros, los pantalones remangados y los blazer que cortan los pantalones que a veces prefiere llevar algo desaliñados.

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Por: Nicolás Ojeda Amador.

Él nunca ha sido enclosetado en la moda. Le gusta vestirse bien, saber que aquello que compra tiene motivaciones fundamentales y que hacen parte de la manera estética con la que se aproxima al mundo. Es bastante relajado para hablar y le teme a pocos temas de conversación.  Por eso tiene claro que no le gusta el Animal Print, la ropa que no es de su talla, las zapatillas inspiradas en la Fórmula 1, ni camisas polo, que su papá solía regalarle en todos los colores, que seguramente lo  hacían sentir un poco ridículo. Esas fotos no deben ser algo que Nicolás quiera sacar a la luz.

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A Nicolás lo conozco hace menos de un mes y nos hemos visto tres veces. La primera en un café en ambiente de trabajo, ahí fue difícil formarse una  una visión de él, salvo notar el prendedor de un conejo blanco en la solapa de su saco. La segunda vez fue en la biblioteca Virgilio Barco, que él propuso como un escenario para tomar algunas fotografías, y la elección no le pudo salir mejor. En las fotos estaba desenvuelto, feliz, le salía con naturalidad apropiarse del espacio y de sus elementos, del paisaje; estaba la confianza con la cámara y con el fotógrafo. Yo estaba sentado, tímido, como si me hubieran regañado en el colegio y quisiera replegarme un rato. La tercera vez nos vimos en mi casa, él estaba muy relajado o al menos ocultaba su timidez; me dijo que no sabía hacer entrevistas pero lo cierto es que logró entrar en mi vida, en mis cosas y en mis opiniones, y lo hizo como si llevara tiempo entrenando un instrumento para diseccionar a las personas.

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Por: Nicolás Ojeda Amador.

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