SOY: UNA COLECCIÓN CON AIRE CAMPESINO EN LA SEMANA DE LA MODA DE BOGOTÁ

Se me ocurren pocas cosas menos glamurosas que hacer fila (por más de una hora), de pie, con frío, tanta incomodidad y ropa deslucida, especialmente cuando se trata de un evento de moda. Una contradicción. Después de todo eso, inició el desfile de Diego Guarnizo y María Luisa Ortiz en el marco de la Semana de la moda de Bogotá. Los dos diseñadores se encontraron en SOY, iniciativa compartida para generar una colección de ropa para las mujeres, basada en las experiencias y conocimientos de algunas mujeres artesanas del Valle de Tenza (Boyacá) y del barrio Los Laches (Bogotá).

La colección se compone principalmente de faldas, camisones vestidos y pantalones de botas muy anchas en telas livianas con estampados florales; blusas holgadas o con volantes cortos; chaquetas y vestidos troquelados, y faldas adornadas con la técnica tela sobre tela. Los colores iban de los fuertes (amarillo y azul celeste en brillante) en telas estampadas, o piezas simples entre el gris y el negro.

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Una clara reminiscencia a la ropa campesina, tanto del interior como caribeña, estaba presente en todas la colección. Caribeñas con volantes y colores, del interior de negro y abrigadas, aunque a veces parecieran dos colecciones separadas y conectadas a la fuerza. Nada de piezas complicadas de usar o prendas ajustadas que impidan la libertad del movimiento, así como zapatos completamente planos, en una versión sofisticada de las alpargatas campesinas. Celebro el hecho de presentar a mujeres sencillas que no requieren exaltar la feminidad como sinónimo de incomodidad, adornadas como árboles de navidad, en un gesto por hablar románticamente de las mujeres de a pie. Creo que uno de los mayores logros de este lado de SOY fue el de combinar conceptos tradicionales de elegancia y sobriedad, con la vivacidad de las orquídeas amarillas y rojas estampadas sobre las telas.

Entre los accesorios, canastas y sombreros de copa alta y baja tejidos en caña de castilla, y rematados con orquídeas de colores hechas a base de pepa de mango. Sobre los bellos colores de los sombreros, las orquídeas parecían adornos mal puestos, como encajados a la fuerza para ratificar la sensación de proceso manual, campesino y popular. Ni siquiera se trataba de piezas que celebraran la exuberancia,  sino de sombreros elegantes mal acompañados.

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La propuesta es, a mi concepto, valiosa, bella y elegante. La pasarela también lo fue, aunque no se salvó de los toques emotivos de siempre con la aparición de las tejedoras y la reacción desmedida del público, sin negar que se trata de una acción de reconocimiento (aunque no la más importante). En eso sigue siendo igual un desfile a una minga en la universidad pública. Será el espíritu de lo nacional lo que se asoma.

Sin embargo, asombra la manera en que estas colecciones artesanales y basadas en el conocimiento de mujeres dedicadas a oficios manuales se siguen presentado como una novedad, una reciente incursión y descubrimiento: hay mujeres que trabajan muy bien y que luego son insertadas en el mercado de la moda. Seguramente existe responsabilidad comercial y laboral con ellas, así como respeto por sus derechos intelectuales sobre saberes tradicionales, pues en general estos diseñadores tienden a valorar el trabajo artesanal. Por supuesto que se trata de una oportunidad que hay que aprovechar de un lado y del otro.

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No es una propuesta novedosa, pero tampoco es el lugar común de la moda. Lo que sí es común es resaltar la colombianidad como una acción valiosa por anticipado, una suerte de cursilería por la patria que a veces se queda en la superficie. Diego Guarnizo y María Luisa Ortiz no fueron ajenos a esa tentación, pero lo hicieron muy bien, sin demasiado ruido y en su justa medida.

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