TENER BARBA Y SER TALLA M

Muchos estereotipos de belleza masculina han circulado por las pasarelas de la historia moderna. Cada época ha perfilado un tipo de hombre ideal de acuerdo a los valores de las circunstancias  y a la idea menos contingente de lo que significa ser hombre. La imagen de la belleza se ha modelado bien por las aspiraciones aristocráticas-burguesas de un hombre que se ve fuerte y saludable, con barba larga y abundante y tez más bien pálida, como en la Francia en la que escribe Flaubert; por el espíritu andante de un hombre rudo, musculoso y de modales más bien hoscos como podría percibirse etéreamente en un relato de Hemingway; o por el lado de su compatriota Fitzgerald podría hablarse de un hombre alto, de nariz fuerte,  de peso cuidado por los buenos modales de mesa, y un cuerpo logrado por el propio oficio de ser hombre de clase media acomodada en tiempos de guerra. Es decir, con uniforme en un salón de baile.

En medio de estos modelos de la figura, más bien reducidos en su cantidad, la idea del cuerpo se ha ido desenvolviendo en pos de una silueta más delgada, fluida y quizás reducida, del mismo modo en el que se han definido muchas otras de las formas de la vida social: un estado menos robusto, el citado paso de la sociedad del trabajo a la sociedad del consumo, del tren al avión, en fin, la experiencia de vida no como un plan a largo plazo (fuerte y sólido) sino como un placer inmediato (ligero y flexible). El cuerpo forjado por el trabajo es ahora forjado por el gimnasio o por la suerte de lo que llaman los médicos un buen metabolismo.

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Uno de los avatares de estas nuevas ideas es la publicidad y sus cientos de técnicas de difusión. Hace algunos años, más o menos unos cinco, el tipo de hombre promocionado era un escuálido adolescente (indistintamente de la edad real), lampiño, blanco y de expresión cansada pero irremediablemente chic. Este adolescente se acercaba fuertemente a la idea de la androginia, de los hombres dubitativamente femeninos donde el trabajo corporal no requería desarrollar una prominente musculatura o alguna vaga idea de salud. Entonces pensaba que esta manera de concebir la belleza había triunfado. Pero la cosa cambió.

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Delgado pero no tanto, juvenil pero no tanto. Mejor con barba y talla M. Cuando tuve que abrir twitter por razones laborales, muchos de los llamados trinos de los y las twitteras alababan frecuentemente la barba de un hombre, hablaban de sus buenas connotaciones sexuales y de lo grandioso que sería estar al lado de uno de estos ejemplares con barba de tres días, como lo llaman las revistas de moda.

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Luego, en los bares, cafés, restaurantes y universidades este tipo de hombre salía a pasear con sus pantalones talla M, con sus camisetas talla M (o S ajustada), con sus chaquetas de cuero y sacos de punto talla M, con su actitud talla M. Mediano, sin excesos, ni mucho ni poco, todo en el centro. ¿Tengo algo en contra de estos guapos mainstream? No. Pero a muchos quisiera hacerles zancadilla. A veces esta levedad resulta insoportable pero inexorable. Tanto, que ni siquiera se puede citar con nombres propios para hacer mofas al estilo Daniel Samper, porque este parece ser el estado más desarrollado del hombre de la multitud, al menos en lo que a la apariencia se refiere. Quién no quiere ser talla M y tener barba de tres días, cuando resulta el lugar más cómodo y bien reconocido del acierto social sin necesidad de alardes. Es el fenotipo que menos reflexiones suscita pero más que omnipresente resulta. Todos tenemos un amigo talla M.

Si algún día tengo una tienda de ropa no dudaré en mirar morbosamente a aquellos personajes del medio, pero diré con sobradez que si quieren buscar talla M mejor vayan a Zara a que se le descosan los pantalones. O a la facultad de ingeniería de los Andes.

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Publicada originalmente en Revista i.letrada 

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