Carta para un escritor visitante

Soy el chico de ayer, en la librería Lerner del norte. Iba con una chaqueta de gamuza marrón de solapas grandes bordeadas con una cremallera plateada de muy buena calidad. Nos tomamos una foto, al final, cuando estabas cerca de terminar la firma de los libros. Me pregunto qué puede escribirse de más en la primera página del libro que uno ha escrito, pero que ahora le pertenece a un desconocido. Es como si le hubieran hecho falta esos tachones para terminarse. Qué escribes, ¿alguna frase motivacional tipo “sigue adelante”? Aun no tengo que vivir esa situación embarazosa. La comparo con el momento en el que al bus sube una señora mayor, y uno quiere esquivarlo todo para no tener que ceder el puesto. Por eso prefiero no montar en bus. También porque los buses en Bogotá son una mierda.

Estuve muy pendiente de la charla, a la que llegué por accidente, pues un chico de Instagram me invitó, más que a la presentación, a conocernos. Apenas habíamos hablado un par de horas espaciadas a lo largo de ese mismo día, hasta que él se puso de galán intelectual y me invitó. Traté de arreglarme lo mejor que pude para dar una buena impresión: una chaqueta que resaltara el color de mi pelo, el mejor pantalón, despejarme la cara con agua, jabón y después una crema. Los trucos eran insuficientes. Las ojeras estaban ahí, la cara de cansancio, la incapacidad de estos días para articular bien las palabras. Con todo, llegué a la cita. Él y yo éramos alguna versión de los personajes que Alonso dijo aparecen en tu libro, haciendo uso de las redes sociales para ver qué pasa, si el amor, el sexo o la frustración. Lo de los personajes es un decir, porque no he leído tu novela, y seguramente lo haré cuando pase la novedad y pueda digerirla con más calma.

El otro tema que dicen está en Sudor, tu novela, son las tramas del mundo editorial, sus juegos de poder y todo eso que tú ya sabes. Me resultaba paradójico estar en una versión a escala de eso a lo que se refiere la novela. Estaban Alonso Sánchez, no muy conocido pero con un nombre, y también Giuseppe Caputo, tan comentado por su primera novela. A Caputo no lo he leído por la misma razón: no quiero hacer parte de la ola de aduladores. Por eso decidí no comprar tu libro, no reclamar autógrafos (no me gustan), y especialmente no generar conversaciones literarias con tonos afectados, o acaso intentando sonar natural y relajado ante una situación que expulsa de entrada esa posibilidad: el escritor, como persona que habla, es un completo desconocido.

writer.gif

También lo son el resto de los asistentes, una masa informe con sus motivaciones literarias, vestidos regularmente para la ocasión: de gris o de colores oscuros en prendas sin gracia, a diferencia tuya, que ibas en general de negro, pero con una actitud elegante y extrañamente juvenil. Se saludan, se comentan sus proyectos, casi se gritan de un lado a otro frases del estilo leí tu columna, en qué va lo del premio. De alguna manera, en esa presentación, siento que leí cien páginas de tu novela.

Por eso me acerqué al final. Me comporté como un niño tonto, pleno de comentarios insulsos, alejado de la literatura, perdido en la fiesta a la que irá en un par de horas. Fue deliberado, detonado por los comentarios sobre tu libro, por la situación; algo así como una reflexión de emergencia sobre el pequeño papel estelar que juega el escritor, especialmente cuando se trata de un hombre tan guapo. En la charla no lo pude notar. Hace algunos días dañé mis gafas y me cuesta ver a distancia con nitidez. Eras una voz, un personaje al que es necesario imaginarse. Las gafas me las entregan mañana y creo que me van a quedar muy bien. Son negras, de pasta, muy a lo milenial, también un poco intelectuales. Así me gustan.

Todo esto para que sepas que en una versión alternativa de ese mismo encuentro (que habrás repetido tantas veces), hubiera preferido decirte estas otras palabras. También me doy licencia de inventarme una personalidad más osada, haberte invitado a tomar unos tragos e ir al club al que van los niños bogotanos de clase media para arriba, a unas cuadras de la librería. En Grindr puedo ser coqueto, avezado. En la vida real me pongo nervioso, torpe; si yo fuera el Apolo de Belvedere o hubiera publicado uno de los libros que tanto quiero escribir (ahí vamos) acaso sería más sencillo entablar relaciones mediadas por la fugacidad del tiempo con hombres guapos que escriben novelas, como usted, Alberto Fuget.

EdyelWriter.png

Por si no lo conoces, te comparto esta belleza de literatura de putitos en Colombia.

http://elpintordelavidamoderna.tumblr.com/post/29459891124/roby-nelson

Un abrazo, E.

fe_autores-02

Anuncios